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Surrealismo Económico en Cuba

José Azel*
jazel@miami.edu
Publicado en El Nuevo Herald

Con su característico humor intelectual, el escritor cubano Carlos Alberto Montaner define el comunismo como “el tiempo que los países pierden entre el capitalismo y el capitalismo”. Cuba, con cinco décadas de desarrollo económico perdidas parece incapaz o ignorante de cómo cambiar el rumbo del país. La plataforma económica del VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, previsto para abril del 2011, para ratificar las directivas económicas del General Raúl Castro, revela un desconcierto ideológico que se manifiesta en medidas absurdas e incongruentes.

El Proyecto de Lineamientos de la Política Económica y Social – el documento de 32 páginas que propone guiar el futuro económico de Cuba – afirma que: “La política económica en la nueva etapa corresponderá con el principio de que sólo el socialismo [i.e. el comunismo cubano] es capaz de vencer las dificultades… y que en la actualización del modelo económico, primará la planificación y no el mercado”.

El documento subraya consistentemente los temas militaristas del General Castro enfatizando mayor eficiencia, disciplina y control. Se insiste, por ejemplo, en la fijación de precios según los dictados de la planificación central y se afirma que no se permitirá que actividades “no estatales” (aparentemente no se puede hablar de un “sector privado) conduzcan a la acumulación de riqueza. Raúl Castro no está interesado en el socialismo de mercado Chino ni con el pronunciamiento de Deng Xiaoping que “hacerse rico es glorioso”. En Cuba la planificación central se ampliara para incluir no sólo las empresas estatales y mixtas, si no también las nuevas formas de actividades no estatales con “nuevos métodos de planificación y el control estatal sobre la economía”.

No es sorprendente que Raúl Castro y sus generales se sientan más cómodos con la jerarquía de orden y mando de una economía de planificación centralizada que con las vicisitudes de un mercado libre. Lo que perpleja es su inhabilidad para percibir los principios fundamentales necesarios para el desarrollo económico. El gobierno parece desconocer que se debe hacer.

Para enfatizar este punto, es útil examinar un puñado representativo de los 178 oficios que serán autorizados para los trabajadores por cuenta propia como actividades no-estatales. Esta medida es una de las piezas claves en las “grandes reformas” económicas del General Castro para resucitar la economía del país. Después de mucho debate y con gran ansiedad los reformadores de la economía cubana han decidido permitir que los 500,000 cubanos que están quedando desempleados soliciten permiso para auto-emplearse en actividades como:

#23 Comprador- vendedor de libros de uso
#29 Cuidador de baños públicos (aparentemente para sobrevivir solicitando propinas)
#34 Desmochador de palmas (evidentemente, otros árboles serán desmochados por el estado)
#49 Forrador de botones
#61 Limpiabotas
#62 Limpiador y comprobador de bujías
#69 Mecanógrafo
#110 Reparador de bastidores de cama (no se debe confundir con el # 116)
#116 Reparador de colchones
#124 Reparador de paraguas y sombrillas
#125 Reparador y llenador de fosforeras
#150 Cartománticas
#156 Dandy (Sin definición técnica, ¿pareja masculina?)
#158 Pelador de frutas naturales (independiente del #142, vendedor de producción agrícola en quioscos)

Esta claro que este extraño conjunto de actividades que serán permitidas en el sector de servicios no impulsará el desarrollo económico del país. Es igualmente revelador que los tecnócratas del gobierno consideren necesario catalogar las actividades económicas que serán permitidas con este grado de regulación y control.

Un impedimento a iniciar reformas reales es que sin un nuevo liderazgo democráticamente inspirado los credos económicos de la tradición Marxista no se cambiaran por otra serie de creencias. Estas no son reformas para desatar la “mano invisible” del mercado, si no para reafirmar el puño cerrado de los Castros.

No hay que ser economista para apreciar, por ejemplo, que rellenar fosforeras (ocupación permitida #125) no es una actividad industrial que contribuirá al desarrollo económico del país. Medidas para promover la libre fabricación privada de fosforeras serian más acertadas. Mas al grano, y continuando con el ejemplo, lo imprescindible es potenciar a los ciudadanos a obtener los beneficios económicos empresariales fabricando fosforeras de alta calidad y bajo costo que puedan ser exportadas competitivamente a los mercados internacionales.

En su mundo de sueños económicos de yuxtaposiciones y non sequitur surrealistas, con una visión sin racionalidad consiente, el General Castro cree que el mejoramiento de la administración estatal es la forma de salvar el sistema comunista. La hostilidad en su programa económico hacia las libertades individuales y el éxito económico predice el inevitable fracaso de las reformas. El control de todos los aspectos de la vida cubana por parte de los militares y del Partido es la antítesis de las libertades individuales y la autonomía necesaria para lograr un renacimiento económico. El General Castro ignora lo que José Marti enfatizo en 1884 en su carta de renuncia reprobando a su comandante militar Máximo Gómez: “No se funda un pueblo, general, como se manda un campamento”. Lo mismo aplica para el desarrollo exitoso de una economía.

*José Azel es analista investigador del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami y autor del recién publicado libro, Mañana in Cuba.

Cuba: La tragedia del colectivismo
José Azel
jazel@miami.edu
Publicado en El Nuevo Herald

Hace más de medio siglo la Revolución cubana abolió todos los derechos de propiedad privada, buscando el paraíso en La Tierra bajo la premisa comunista de que toda la comunidad sería propietaria de todo y emergería un “hombre nuevo” que resultaría colectivista en su perspectiva y dispuesto a sacrificarse por el bien común. Ese experimento resultó en una sociedad distópica en bancarrota económica, caracterizada por enormes sistemas represivos de control social y un gobierno sin límites de poder sobre sus ciudadanos.

Hoy, el colapso de la economía cubana puede rastrease claramente hasta su ideología colectivista y las acciones contra los derechos de propiedad privada. La falacia de los enfoques colectivistas fue descrita vívidamente por Garrett Hardin en su influyente artículo científico de 1968 titulado “La tragedia del colectivismo” (The Tragedy of the Commons). El artículo describe el dilema de pastores compartiendo un pasto común en el cual pastorean a sus reses. La “tragedia del colectivismo” es una metáfora para explicar una relación estructural y sus consecuencias; específicamente la propiedad colectiva versus la privada.

Bajo la condición de propiedad colectiva descrita por Hardin, cada pastor, actuando racionalmente, trataría de mantener la mayor cantidad de su ganado posible en el pasto colectivo, incluso si excediera la capacidad del mismo y al final se agotara en detrimento de todos. Individualmente, cada pastor se beneficia de sus animales adicionales, mientras el daño se comparte por todo el grupo. Esta división asimétrica de costos y beneficios resalta la tragedia inherente a los sistemas colectivistas desprovistos de derechos de propiedad privada.

Cualquier recurso poseído en común es propiedad de todos y de nadie y, por tanto, todos tienen un incentivo en sobre-utilizarlo y nadie un incentivo para preservarlo. Aristóteles lo expresó sucintamente: “A lo colectivo para el mayor número de personas se le concede el menor cuidado”. La historia económica muestra que los dueños individuales cuidan mejor sus propios recursos que lo que cuidan la propiedad común. Pero todavía hoy la persecución utópica del colectivismo con sus correspondientes controles gubernamentales persiste.

En vísperas de la Revolución cubana alrededor del 80% de la tierra cultivable estaba cultivada (o utilizada para pastos) y la producción domestica suministraba el 70% del consumo alimenticio del país. Las cifras comparables hoy son 60% y 20% respectivamente.

El extraordinario grado de improductividad de la Cuba comunista se muestra dramáticamente por los análisis comparativos de poder de compra. Un estudio del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-americanos de la Universidad de Miami demuestra, que, por ejemplo, para comprar una caja de 400 gramos (14 onzas) de leche en polvo, el trabajador cubano promedio tiene que trabajar 57.5 horas. Para hacer esa misma compra, el trabajador promedio en Costa Rica tiene que trabajar solamente 1.7 horas. Ineficiencias comparables se mantienen en los otros productos de la canasta del consumidor analizada. En contraste, el ingreso per cápita en Cuba en 1957 estaba en el cuarto lugar en América Latina, y los ingresos reales en Cuba eran superiores a cualquier otro país en América Latina.

Aún cuando Cuba era ciertamente una república corrupta y políticamente inepta, se alcanzaron muchos hitos económicos y sociales en base a los derechos de propiedad privada durante los 56 años como república (1902-1958). En los siguientes 52 años, después de abolir los derechos de propiedad privada, Cuba descendió hasta su pauperizada y trágica situación socioeconómica actual. Pero todavía se denigran los derechos de propiedad privada.

John Locke, el padre de la filosofía política moderna, argumentó que las personas tienen derechos naturales, es decir, derechos que se poseen desde antes de la existencia de los gobiernos. Esos derechos no son concedidos por los gobiernos ni por ninguna otra persona. Locke también articuló claramente el concepto de derechos de propiedad: “Todo hombre es propietario de su propia persona. El trabajo de su cuerpo, y el trabajo de sus manos, podemos decir correctamente que son suyos”. La posesión de propiedades es una implicación necesaria de la propiedad de nuestra propia persona. De hecho, todos los derechos humanos pueden verse como derivados del derecho fundamental de poseer nuestra propia persona.

La tragedia cubana del colectivismo tiene sus raíces en el desprecio por la propiedad privada, y por consiguiente por los derechos humanos, y demuestra, como señaló en una ocasión Karl Popper, que “los intentos para crear el paraíso en La Tierra producen siempre el infierno”.

El Dr. José Azel es Profesor Adjunto en el Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami y autor del libro Mañana in Cuba.

Cuba y la tiranía del pensamiento grupal

José Azel
jazel@miami.edu
Publicado en El Nuevo Herald

Un reporte de Freedom House sobre la “Libertad en la Red” informa que Cuba sigue siendo uno de los países más represivos para las tecnologías de información y comunicación. En lugar de proporcionar un acceso sin restricciones a la web, el gobierno cubano ha creado un sistema de doble acceso con una intranet nacional y la internet mundial. La mayoría de los cubanos sólo tienen acceso a la intranet nacional, que consiste en un sistema de correo electrónico nacional, una enciclopedia de Cuba, y sitios web que apoyan al gobierno.

Los únicos dos proveedores de servicios de internet en Cuba son propiedad del Estado y son sumamente vigilados. Se estima que menos del dos por ciento de la población (en su mayoría funcionarios del gobierno y empresas extranjeras) tiene acceso a internet. La escasa conectividad disponible cuesta alrededor de $12.00 por hora en un país donde el salario promedio mensual es menor de $20.00.

Cuba es también uno de los pocos países que ha promulgado leyes y reglamentos que prohíben explícitamente ciertas actividades en la internet. Decreto-Ley 209, establece, entre otras restricciones, que “los mensajes de correo electrónico no debe poner en peligro la seguridad nacional”. Resolución 127 prohíbe la difusión de información que este en contra de los intereses sociales, la integridad de la nación, o la seguridad nacional. Resolución 56/1999 establece que todos los materiales destinados a ser publicados en la internet deberán ser previamente autorizado por el Registro Nacional de Publicaciones Seriadas. Y la Resolución 92/2003 prohíbe a los proveedores de servicios dar acceso a personas que no están aprobados por el gobierno y exige que los proveedores ofrezcan servicios solamente a nivel nacional, no internacional.

Subrayando la deliberada política de aislamiento del gobierno, Boris Moreno, Viceministro de Ciencia de la Información y la Comunicación de Cuba, señaló que “Cuba no está preocupada con la conexión individual de sus ciudadanos a internet. Usamos internet para defender la Revolución…”

La preocupación de la policía política de Cuba por controlar información fue vividamente manifestada en un vídeo de 54 minutos – clandestinamente diseminado- de una conferencia a puertas cerradas en junio 2010 dirigida a una audiencia mayormente en uniforme militar.

El conferencista, Eduardo Fontes Suárez un especialista en cibernética de la contra-inteligencia, define la internet como un campo de batalla que el gobierno tiene que usar a su favor. Destaca, en jerga militar, los riesgos para el gobierno cubano de los blogueros como Yoani Sánchez y los grupos de jóvenes como Raíces de Esperanza – un grupo de estudiantes universitarios estadounidenses que busca establecer contactos con jóvenes en Cuba. Advierte también de los peligros de las redes sociales como Facebook y Twitter y cita como las protestas en Irán y Ucrania fueron “creadas” cuando las redes sociales se utilizaron para incitar a la población a protestas callejeras El oficial se enorgullece de una nueva sección especial creada en el Ministerio del Interior (encargado de la seguridad domestica de Cuba) para operar contra los blogueros. Podemos imaginarnos qué estará pensando el liderazgo cubano siguiendo los recientes acontecimientos en el Medio Oriente.

El gobierno cubano ha sido exitoso en incomunicar la conciencia del pueblo cubano del mundo exterior con una doctrina de aislamiento intelectual y un dogma revolucionario de autarquía intelectual. Fidel Castro explícitamente enfatizó esta política de autosuficiencia intelectual en su discurso de1961 “Palabras a los Intelectuales” cuando advirtió que: “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución, nada”.

Pero esta autarquía intelectual ha engendrado también un caso clásico de lo que el psicólogo social Irving Janis llamó “pensamiento grupal”, un tipo de pensamiento característico de grupos cohesivos cuyos miembros tratan de minimizar conflictos y buscan llegar a un consenso sin analizar y evaluar ideas críticamente. Decisiones formadas por este pensamiento grupal ignoran alternativas y tienden a producir programas de acción irracionales.

Un magnifico ejemplo de pensamiento grupal es el nuevo programa económico del General Castro delineado en un documento de 32 páginas que comprende la plataforma económica del VI Congreso del Partido Comunista de Cuba.

Un elemento central del programa es el despido de hasta 1,3 millones de trabajadores gubernamentales – cerca del 20 por ciento de la fuerza de laboral – y permitirles ganarse la vida como cuentapropistas “fuera del sector gubernamental”. En la versión cubana de doble sentido orwelliano, fuera del sector público representa el indecible sector privado.

El despido masivo deduce que todas las personas poseen la aptitud para ser comerciantes y que lo pueden lograr sin acceso a efectivo, crédito, materias primas, equipos, o tecnología. El pensamiento grupal también se manifiesta en el procedimiento para seleccionar a quienes serán despedidos. Según el plan, una comisión de expertos decidirá el número óptimo de personal necesario para cada entidad estatal y comisiones de trabajadores decidirán las posiciones que se eliminarán.

El efecto del pensamiento grupal se exhibe claramente en la especificidad y precisión con la que los “reformadores” de la economía catalogan las actividades que serán permitidas para trabajo por cuenta propia como: cuidador de baños públicos, desmochador de palmas, reparador de paraguas y sombrillas, pelador de frutas naturales, reparador de bastidores de cama, y justamente otras 173 actividades similares.

Esta enumeración de lo permitido y no de lo restringido se deriva de la endogamia intelectual de la nomenclatura cubana. Más natural, lógico y productivo seria permitir todo tipo de iniciativa privada y reservar, si fuera imprescindible, algunos rubros para el Estado.

La Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini, la Rumania de Ceaucescu, Camboya bajo el Khmer Rouge, el Afganistán de los Talibanes, y Corea del Norte con su ideología oficial de Juche (autosuficiencia) son ejemplos de regímenes tiránicos con pensamiento grupal que adoptaron políticas de autarquía económica e intelectual con resultados desastrosos para sus pueblos, y frecuentemente también para sus lideres.

En Cuba, para cambiar los preceptos marxistas-leninistas es necesario un liderazgo democrático que, inspirado por las libertades de expresión, prensa, reunión, petición, y religión, pueda derrotar la tiranía del pensamiento grupal.

José Azel es analista investigador del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami y autor del reciente publicado libro, Mañana in Cuba.

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